martes, 1 de mayo de 2012

21 horas

Hace poco más de un año, trabaja a unos 35 minutos de casa, 20 en tren y 15 caminando. Ademas, la jornada laboral se concentraba en tres días durante los que trabajaba 9 horas. Durante esa época desarrollé la solida opinión de que la mejora de la democracia y, por tanto, de la sociedad, pasaba, forzosamente, por una reducción drástica de la jornada laboral. Basándome en mi experiencia personal, razoné que no se podía exigir a un trabajador un voto fundado cuando, al llegar a casa, lo último para lo que, probablemente le queden energías, sea para ponerse a dilucidar los oscuros tejemanejes de la política. Luego, mi jornada laboral mejoró y mi opinión de lo que era fundamental para el progreso de la democracia cambió.

Hace unos meses me llegó a través de Twitter el enlace al informe 21 hours: Why a shorter working week can help us all to flourish in the 21st century de la New Economics Foundation que trata, precisamente, sobre las consecuencias de una jornada laboral reducida así como posibles vías para alcanzarla. Sólo como combustible para la reflexión y el pensamiento lateral sobre alternativas al actual sistema, el documento ya es enormemente valioso. Pero creo que sus propuestas merecen una consideración seria.

El postulado principal del ensayo sostiene que la jornada laboral ocupa tanto porcentaje de nuestras vidas que las moldea por completo y que, por tanto, un cambio de la misma (en concreto, una reducción) supondría un cambio social drástico, derivado de la nueva forma de entender su vida que desarrollaría el individuo. Muy resumidamente: trabajamos tantas horas que a penas tenemos tiempo libre por lo que, el que tenemos, lo invertimos en consumir, que es el más rápido de los entretenimientos; menos horas laborales supondrían una reducción en el consumo y una mayor inversión en otros valores, sociales y personales. lo que conllevaría múltiples beneficios, también sociales y personales además de ecológicos.

Una característica de esta propuesta que la vuelve, para mi, especialmente atractiva, es que permite (de hecho, requiere) una implantación gradual, no traumática. De hecho, con las voluntades adecuadas, dicha implantación resulta relativamente sencilla.

Y, a pesar de esta posibilidad de consecución gradual, la propuesta resulta enormemente radical, opuesta al actual sistema. Y es que el fundamente del capitalista actual no es la libertad individual ni el libre mercado sino las largas jornadas laborales. De otra forma, su reducción no resultaría ni tan transformadora ni nos parecería tan drástica. Pero no me hagan demasiado caso a mí, lean el informe.

1 comentario:

  1. Otro ensayo interesante sobre el tema, esta vez de Bertrand Russell, sobre la filosofía del trabajo.

    http://www.zpub.com/notes/idle.html

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