martes, 10 de julio de 2012

Son mineros y, por tanto, revolucionarios

Hace algún tiempo, antes de las penúltimas elecciones autonómicas, conversaba con un amigo sobre una organización territorial federalista para España. Tras oír mis argumentos a favor y sopesarlos, mi interlocutor respondió, no sin algo de pesar, que Asturias no podría valerse en un sistema así.

El Principado de Asturias agoniza. Lleva haciéndolo desde hace años, al menos tantos como yo he tenido interés por la política. Su población envejece de forma alarmante, no sólo por el proceso endémico del Mundo Occidental, sino porque un gran número de sus jóvenes deben emigrar para encontrar un trabajo. Su tejido empresarial, ya en descomposición desde hace años, se resquebraja estrepitosamente ante los envites de la crisis; y el turismo y los productos agro-ganaderos autóctonos son las dos grandes promesas que nunca se cumplen, al menos no lo suficiente para sostener todo lo demás.

Pero este proceso no ha sido repentino ni secreto, al contrario. La idea de que Asturias no puede valerse por si mismo está tan extendida como enraizada entre la población. Asturias cree tan firmemente que las subvenciones exteriores son su único modo de subsistencia que no nos hemos molestado en pedir explicaciones o cuentas a nadie. Durante décadas los dirigentes políticos y sindicales han dilapidado abiertamente subvenciones y presupuestos, creando un entramado de intereses y servilismo que abarca sector público y privado por igual. Y así, como un ser vivo se desarrolla dependiente del medio, Asturias se ha vuelto inseparable de las subvenciones externas. Con las empresas autóctonas especializándose en ganar los concursos de licitación, aun a costa del resultado final, sabedoras de que «el presupuesto que no se gasta un año, no se concede al siguiente»; con las grandes compañías esperando a que se terminen los acuerdos de permanencia que firmaron por las subvenciones para abandonar la región (y llevarse, si estos tienen suerte, a sus trabajadores); con representantes sociales dispuestos a tragar lo que sea con tal de que su sector se lleve la asignación económica correspondiente; con ayuntamientos a la caza del pelotazo, de la gran obra subvencionada que les permita salir un par de días en el periódico y que el alcalde de turno tenga una placa con su nombre para la posteridad.

Y ahora, tras décadas de este goteo, el sector minero se moviliza, y la opinión pública lo apoya. Es lo que se supone correcto, lo aceptable. Es lo que toca en esta representación teatral que es nuestra democracia. Las movilizaciones mineras no se discuten: son mineros y, por tanto, revolucionarios.

Salen detrás de los mismos representantes sindicales que durante años han estado pasando por alto las malas inversiones que han llevado a las cuencas mineras a su difícil situación actual; son arengados por los mismos políticos (el ex-presidente del Principado ahora lo hace desde el Parlamento sin que le tiemble la voz) que han invertido millones de euros en obras ridículas, claramente inútiles salvo para la portada de prensa, y que aun hoy, paro y decadencia de la región sobre la mesa, se niegan a reconocer su mala gestión y la necesidad de hacer profundas reformas y cambiar el enfoque. Pero eso no se discute, son mineros y, por tanto, revolucionarios.

Salen defendiendo no un cierre de las minas progresivo y saludable para la región (al menos yo no he oído a un sólo representante sindical y casi a ningún minero decir tal cosa) sino la perpetuación de una industria altamente contaminante e irremediablemente abocada al fracaso. Y son apoyados por el mismo Internet que exige el cambio radical, cueste lo que cueste a quien le cueste, de las industrias audiovisuales. Pero eso no se discute, son mineros y, por tanto, revolucionarios.

Y el caso es que toda la obra está muy bien representada: puño en alto, Santa Barbara bendita y tralalalala-lalala, pero la verdad es que, por egoísmo, por falta de análisis crítico o, sencillamente, por inercia, el movimiento social minero hoy, en 2012, está luchando por mantener el statu quo. Un estatu quo de depresión, corrupción, nepotismo y comodidad política que está arrastrando Asturias, lleva haciéndolo los últimos 20 años, hacia un sumidero de atraso del que no podrá salir en décadas, si es que puede hacerlo en la presente edad. Pero eso no se discute, son mineros y, por tanto, revolucionarios.

2 comentarios:

  1. Con lo facil que es, y lo complicado que les resulta a algunos entenderlo xD.

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