viernes, 5 de septiembre de 2014

El flipao de las artes marciales

Tengo la impresión de que todo el que haya vivido en un pueblo del tamaño adecuado habrá conocido de niño a un «flipao» de las artes marciales. Era este un chaval que tras descubrir las películas de dicho género se había vuelto un apasionado de la disciplina. O al menos de su parte más estética. Usaba proverbios chinos, pegaba patadas al aire gritando como Bruce Lee, usaba una cinta en la cabeza como Karate Kid y se rumoreaba que en casa tenía una katana de verdad.

Sin embargo rara vez esta pasión se convertía en técnica. El niño se había quedado fascinado por el aura de los artistas marciales, por la grandilocuencia de los proverbios chinos y por las rocambolescas coreografías de uno contra veinte. Se le había escapado, no obstante, que incluso aunque toda esa parafernalia fuera real, un nivel de técnica así requeriría años y años de práctica marcial, de meditación y de lectura de los clásicos. Tampoco se le puede culpar, la mayoría de películas del genero dedicaban diez minutos de escenas cortas a los meses o años de entrenamiento del protagonista.

Obviamente esta falta de fondo no pasaba desapercibida a nadie. A pesar de sus demostraciones el chaval solía ser el objeto de mofa del resto de niños, que no dudaban en intentar desengañarle presentandole la realidad de la forma más cruda posible, y la vergüenza o pena de los adultos. Por más que se viera una y otra vez las películas, por más que se supiera de memoria las citas y por más movimientos imaginarios que practicara, el chaval no era un artista marcial y el mundo no estaba dispuesto a consentirle la ilusión.

No deja de sorprenderme como han cambiado las cosas ahora que soy adulto.

Porque entre los adultos también hay flipaos. Muchos. Muchos más que entre los críos.  Y apenas difieren del fan de Bruce Lee de mi infancia: conocen o se inventan las grandes frases y saben simular los movimientos, pero en el fondo no hay nada. Por mucho que hablen de comunicación, empatía, sinergia, inteligencia emocional, te resuman todo en listas, en métodos, en gráficos, hay la misma posibilidad de que consigas esas actitudes o aptitudes escuchando sus charlas o leyendo sus libros que las que tenía el niño de ser un gran maestro de artes marciales viendo Furor oriental.

Pero estos flipaos no están marginados, al contrario: dan cursos, conferencias, muchas veces cobrando más que bien, cuando no, directamente, son principales generadores de opinión en su sector. Es más, en gran medida tenemos montado todo el chiringuito político y empresarial sobre sus ilusiones. Importantes cantidades de dinero se mueven y decisiones se toman porque alguien ha usado un aforismo bonito tras una lista de cinco pasos infalibles.

Cuando eramos niños nos daba igual. No sabíamos nada de lo contrario que puede ser este mundo. O puede ser que el capitalismo nos haya metido a todos la prisa en el cuerpo. Sea como sea, no queremos oír que facultades como la empatía o la inteligencia emocional se desarrollan mal y con lentitud; ni que un nivel técnico adecuado en cualquier disciplina que merezca la pena requiere años y años de práctica; ni que un buen producto requiere de un análisis y una evaluación concienzudas, ni que la suerte tiene un papel muy importante en el éxito. Ahora vemos al «flipao» de las artes marciales y lo que queremos es poder vivir en su mundo.

¿Y qué se yo?, igual tenemos razón. A fin de cuentas los críos suelen ser unos capullos.

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