viernes, 9 de enero de 2015

Sobre la Guerra contra el Terror y otros cuentos del montón

«Terrorismo» es una palabra engañosa. Da demasiado peso al objetivo del miedo y facilita mucho la cosa a quienes buscan respuestas contundentes (léase violentas o beligerantes). La «Guerra contra el Terror» como se la llama en arranques de épica hollywoodiense. La retorica es sencilla: si lo que quieren es asustarnos, vamos a demostrar que no lo han conseguido dándoles nosotros candela. A Bush Jr. le funcionó maravillosamente.

Lo paradójico del asunto está en que son precisamente ese tipo de respuestas contundentes lo que buscan los terroristas. Es muy poco probable que actividades clandestinas aisladas, por muy barbaras que sean, vayan a hacer claudicar a sociedades, estados, culturas o religiones enteras a estas alturas de la película histórica. Lo que si es plausible es que el clima de violencia escale hasta una confrontación mayor. Y cuando crees que no tienes nada que perder, sentimiento necesario para cualquier fanatismo, no hay razón para no subir las apuestas.

Un acto violento genera un aumento de la confrontación en el bando agraviado que, a su vez, arrastra hacia la violencia a más individuos del bando agresor. Se genera así una espiral de odio donde los terroristas ven posibilidades de cambio. Pero no sólo los terroristas, los fanáticos escondidos en el grupo agredido también ven en este ambiente el caldo de cultivo ideal para conseguir sus objetivos que, en un contexto más civilizado, nunca triunfarían.

Así, igual que un timo para funcionar requiere de dos sinvergüenzas, el que lo ejecuta y el que lo sufre, el terrorismo, para ser efectivo, exige de deseo de violencia por ambas partes, de fanáticos en ambos bandos esperando la ocasión de desatar una lucha en la que poder pescar algo, aliados en su objetivo de sembrar el miedo y la discordia, pues encuentran en los moderados, en los pacíficos, un enemigo común.

Quien pega el primer tiro o pone la primera bomba es una cuestión meramente socio-económica. Una vez que los sembradores del odio comienzan a medrar, que Alá y su Mariachi nos cojan confesados, pues tarde o temprano algún fanático tendrá su bota sobre nosotros.

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